
Anthony Davis, el protagonista. El único jugador de los 60 seleccionados que de antemano sabía cual sería su sendero en esa noche. Michael Kidd-Gilchrist, compañero del primero y amparado por su coach Calipari en el evento. Bradley Beal, el tercer novato de la noche, conformaba un quinteto interesante para un equipo lacrado como los Wizards. Dion Waiters, la gran sorpresa del evento, criticado por su elevado hype. Thomas Robinson, un luchador y atleta que ha tenido que salir adelante por su familia…
Cada jugador ha escrito su propio libro de los continuos obstáculos que ha tenido que superar hasta llegar a la cima más alta, y múltiples son las razones por los cuales han aterrizado juntos todos ellos en la misma generación, sean razones económicas para ayudar con los gastos familiares o para hacer dinero rápido, razones deportivas para competir frente a los mejores deportistas del mundo en esta especialidad, razones personales para cumplir el sueño de jugar en esta competición como lo hicieron sus ídolos de la infancia o, simplemente, porque han estado toda una vida jugando a ésto y no saben hacer otra cosa.
Sin embargo, de entre toda esta camada de jóvenes talentos que pronto empezarán a acaparar portadas de revistas y a ser imagen de todo tipo de marcas y productos destaca un chico inusual, un hombre entre niños, un ala-pívot del estado de Georgia donde con apariencia nimia, sin llamar la atención, era elegido a principios de segunda ronda por los Cleveland Cavaliers, siendo traspasado posteriormente a Dallas Mavericks apenas unos minutos después de ser nombrado por Adam Silver.
Lee la historia de Bernard James completa aquí.
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